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LITERATURA CANARIA DEL SIGLO XIX

Yolanda Arencibia, “Literatura canaria del siglo XIX”, en ¿Bajo el volcán?, Revista La Página, nº 76, La Página Ediciones, Santa Cruz de Tenerife, 1989, páginas 81-93.

PARA SITUARNOS

Sin menoscabo de su universalidad esencial, y como acto de creación humana que es, la literatura no puede dejar de responder a los condicionantes del espacio en que surge, y que está condicionado, inevitablemente, por el sedimento cultural que le da esencia, las coordenadas geo-históricas que iluminan sus significaciones, y el contexto social que colorea sus matices. Así ha de suceder en la literatura canaria; y en la literatura canaria del siglo XIX.

En lo social y lo político, el siglo XIX canario, desde su especial lejanía de la metrópoli, ha de reflejar los vaivenes nacionales, algunos de los cuales van a tocarle muy de cerca: conocerá las ventajas de la relación comercial con las colonias de Améri­ca y los nuevos avances de modernidad, pero también sufrirá las re­friegas y avatares que trajeron consigo; su territorio, difícil por disperso en islas, acusará las consecuencias desestabilizadoras de la reestructuración administrativa que determinó en toda España la Constitución liberal; percibirá de manera acuciante el efecto de las grandes diferencias sociales (por tanto económicas y de instrucción) que afectaron a toda España. Considerada la cuestión desde la perspectiva de la cultura, de la literatura, igualmente ha de dejarse sentir en las Canarias el más que interesante desarrollo de la prensa como medio de difusión y de ilustración y, junto a él, la precariedad del mundo editorial, tanto por las difíciles condiciones de la producción de materiales como por el escaso número de lectores.

Así las cosas, arribará a las Canarias de la primera mitad de este siglo XIX la amplia renovación artística pero también social y de pensamiento que significó el romanticismo, cuyas ideas, temas tópicos y formas de variada sonoridad calaron profundamente en una elite cultural escasa aunque especialmen­te sensibiliza­da.

La literatura canaria del siglo XIX, respondiendo a las coordenadas generales del momento en toda España, asoma al romanticismo apoyada en los viejos ideales de la Ilustración que la situación política manifestaba como determinantes (la necesidad de cultura, de progreso). Desde ellos, la literatura del primer romanticismo deja asomar con color de sorpresa la fuerza de los sentimientos, el atractivo poético de la naturaleza, la importancia de la afirmación del propio yo y de su existir respecto al mundo (ahí, en sus dos extremos, el especial cultivo de la línea intimista y la constancia del indigenismo como tema). Deja  asomar junto a ellos, también, la urgencia de un desencorsetamiento de reglas y de modelos; y luego −con el avanzar del siglo y al compás de los avatares políticos nacionales−, un prurito interno de rebeldía social (liberal casi siempre) que la impulsa a manifestar los desasosiegos y las frustraciones, e incluso a abanderar posiciones revolucionarias.

Como en toda España de la época, el papel de la prensa, que ahora nace en las Islas, es fundamental. Coincide este nacimiento con una serie de elementos concatenados. Los principales, cierto reconoci­miento administrativo territorial que materializa la  formación de la primera Junta Provincial de Canarias; y la efervescencia del romanticismo que trae, enredado en él, cuestiones determinantes: el despertar de la autoconciencia como sociedad y como pueblo: la afirmación del yo, de lo pro­pio, de lo cercano; la inda­gación en las raíces para rea­firmar los cimientos desde los que la propia personalidad se asienta; el des­pertar de una concien­cia crítica que aúna las loas patrióticas indispensables en la época con el apuntar literario de la revisión social.

LITERATURA Y PRENSA

De la concreción filosófica de todo ello será la prensa receptora y vehículo de expresión más que apropiado. Como lo será para la literatura que ahora nace que, en efecto, cumplió un importante papel en la prensa periódica canaria del XIX como materia ilustrada e ilustradora por exce­lencia que, además, abría la recepción de la publicación a un público más amplio; el femenino, por ejemplo. Los anuncios de las novedades literarias, los comentarios ensayísticos sobre cuestio­nes de pensamiento o filosofía, los ´remitidos´ de publicaciones nacio­nales sobre actualidad literaria o estética, etc., son lugar común en los más destacados de los semanarios.

Aunque entre la literatura de creación que aparece en la prensa no escasea la narrativa, la expresión literaria de la época es por excelencia la poesía; y no solo por la facilidad de adaptación de su formato a las columnas periodísticas y el agrado del público por el género (que también), sino por la opor­tunidad que la poesía ofrece de estre­char lazos entre el periódi­co -sus pocos redac­tores- y el públi­co recep­tor (casi una rela­ción cómpli­ce), cubriéndose así una importante parcela del diálogo social: la sociedad se reconoce en el lirismo humano de su temática que ningún otro género consigue condensar de modo más directo; y en la prensa se dan a conocer los poetas noveles, que esa sociedad cele­bra como pro­pios porque son en buena medida los “voceros” cuyos motivos son los cerca­nos a esa sociedad, que los entiende y los demanda. La sociedad “paga” a ese poeta con el respe­to, con el reconocimiento expreso, con la considera­ción hacia el que es capaz de asumir y de representar el difícil papel de portavoz espontá­neo.

Con el transcurrir de los años, también habrá de reflejar la prensa de la época las estéticas insulares del siglo XIX los ecos de la madurez decimonónica que llamamos realismo, que adensa, sin variarlos, los temas literarios y sus motivos: así el indigenismo que, al adoptarlo los escritores del segundo tercio del siglo, lo moderarán, lo cimentarán en la geografía y en lo que podríamos llamar una concien­cia regio­nal, y lo consagrarán como característico.

La realidad de los textos literarios canarios del XIX demuestra que lo que llamamos realismo se manifiesta agazapado tras la presencia de un romanticismo que resulta, a la postre, ecléctico, moderado, aglutinador de elementos distintos, variado e infirme, y que construye con esas notas su propia idiosincrasia.

Desde estos parámetros, podemos afirmar que las estéticas literarias decimonónicas, del romanticismo el realismo, larvadas en los individuos y sedimentadas en contactos directos con espacios culturales europeos, manifiestan su presencia en las Islas a partir de la segunda década del siglo XIX; tímidamente primero y de forma más resuelta, a partir de los años treinta.

Dijimos que la expresión por excelencia del siglo XIX canario es la poesía. Y eso es así, en efecto por muy variadas razones cuya filosofía de fondo no vamos a tratar aquí. En los síntomas más visibles de ella ya hemos llamado la atención sobre el vehículo que la trasmite: las páginas de la prensa, para cuya “mancha” es muy apropiado la versatilidad, el juego gráfico de la disposición versal y su brevedad relativa.

Pero la prosa va abriéndose paso en esa prensa. Allí no faltan (no van faltando con el avanzar de la centuria) entregas periódicas de novelas o folletones de actualidad  remitidas casi siempre desde publicaciones nacionales. Las narraciones breves son, en su inmensa mayoría, préstamos de colegas peninsulares: "pin­turas de caracte­res" o "escenas" o "crítica de costum­bres" cuyo pintores­quismo des­criptivo y su significación tipoló­gica, sus habituales "chas­carrillos" y sus dosis de "mora­lina" debían de ser muy del gusto del lector.

Y en esas páginas han ido manifestándose los primeros prosistas canarios con relatos cortos o apuntes costumbristas. Recuérdese que desde el número 1 de La Aurora (1848) se inser­ta­ron con cierta regularidad textos con esa intención bajo el título de "Ensayos", "Tipos", "Sem­blanzas", "Viajes", o sin indicación genérica algu­na. Recuérdense los apuntes de B.R. en esa revista; o la serie de narraciones de autores canarios y de tema isleño bajo el lema Leyendas canarias que inicia José Plácido Sansón y continúa José Desiré Dugour. Recuérdense los apuntes novelados sobre aborígenes de Millares Torres en ese mismo medio o en El porvenir de Canarias (1852).  El periódico grancanario El ómnibus, cuyas páginas acogían regularmente ensayos y relatos cortos, contó en la segunda década de su publicación, con un narrador de excepción, Benito Pérez Galdós, que dejó en ellas muestras del gusto por el relato costumbrista en distintas colaboraciones de 1862 y 1866. Se suceden, pues, los cuadros narrativos en la prensa realista canaria; son, en su mayoría, esbozos y apuntes inmediatos llamados a no sobrevivir a la caducidad del medio en que aparecen.

LOS PRIMEROS PROSISTAS

Por fin, avanzada la centuria, el paisaje y el paisanaje isleños van a encontrar perennidad literaria en publicaciones específicas. Son en narraciones más o menos breves de fondo realista que no desdeñan lo sentimental o lo espiritualista; que, incluso se dejan teñir de cierto fatalismo de concepto, muy cercano a aspectos determinantes del modernismo que llega; que ya se palpa. Benito Pérez Galdós, el más excelso de los realistas españoles, desde Madrid y en contacto fluido con sus paisanos, imponía reconocido magisterio en la narrativa que, bajo su signo, se escribirá en las islas, con la timidez que el respeto al maestro imponía y tardíamente; no antes de las décadas que enlazan los siglos XIX y XX. Tras precursores interesantes de pluma inteligente y ágil (Aurelio Pérez Zamora, Francisco M. Pinto de la Rosa o Rafael Mesa y López) se publican los relatos de  los hermanos Millares Cubas, Luis y Agustín (1861-1916, 1863-1935), que destacan como productos de un interesante regionalismo imaginativo. Hombres de letras en un sentido amplio, los hermanos Millares han dejado legado narrativo de interés en De la tierra canaria, una serie narrativa formada por un libro de cuentos, Escenas y paisajes (1894), y cuatro novelas de 1898 y 1899: Pepe Santana, Santiago Bordón, La deuda del comandante y Los inertes. Otro narrador de interés, Benito Pérez Armas (1873-1937), prolífico escritor en prensa, cultivó igualmente la temática regional con distintos títulos que abrieron el camino a De padres a hijos, novela galardonada en 1901. Los años finales del siglo conocen también las primeras publicaciones del gran periodista y destacado regionalista (tal vez el primero de los canarios) José Betancort Cabrera, “Angel Guerra” (1874-1950). Junto a distintos títulos ensayísticos y poéticos, Ángel Guerra ensaya numerosas narraciones de tema canario que preparan el camino de la que tal vez sea su novela más lograda La lapa, que estuvo inédita hasta 1978.
Son todos estos autores regionalistas de algún modo; regionalistas conscientes de las limitaciones de la estética y tal vez a su pesar; regionalistas como constructores de un imaginario determinante que lastra una posible metaforización artística más amplia. Galdós, el maestro, era un ideal, un sueño (reconocido explícitamente o no); Pereda, el modelo más inmediato, era un modelo, sin embargo, insuficiente.

Pereda- Galdós -el regionalismo. Vayamos ahora a Galdós antes de volver al regionalismo.

GALDÓS

Nació Benito Pérez Galdós en Las Palmas de Gran Canaria cuando avanzaban lentos los años cuarenta del siglo xix; cuando en las Canarias −islas siempre a la deriva de los acontecimientos nacionales y expuestas a la marejada de los internacionales−, empezaban a dejarse sentir aires de renovación social no siempre pacíficos; cuando su ciudad natal era un espacio recoleto aún adormecido, dominado por las campanas de las iglesias y los conventos, por la penuria en lo social. Se formó en el colegio de San Agustín, en cuya filosofía de base residían sólidos principios religiosos y morales, y un sentido del rigor y la disciplina desde el ideal del progreso y la liberalidad de las ideas. Entre las paredes del centro, en estos importantes años de su formación canaria, Benito va recibir lecciones de matemáticas, de retórica, de griego, de filosofía moral, de música, de latín, de historia... Y junto a la formación académi­ca, va a recibir de sus maestros la educación integral humana y la humanística: lecciones de liberali­dad, de transigen­cia; lecciones ilustradas de interés por la expansión de la educación y de la cultura a todos los niveles. En el marco del colegio, el aprovechado estudiante dirige el periódico juvenil La Antorcha y realiza los primeros “pinitos” literarios.

Tras culminar su bachillerato en 1862, Galdós se trasladó a Madrid con la intención de estudiar Leyes. Y consolida su formación académica y personal en las aulas universitarias y en las tertulias, en los ambientes ciudadanos y en los artísticos Mientras busca su camino profesional, halla un hueco en las redacciones periodísticas y vive de cerca los avatares históricos de la España prerrevolucionaria. Dos viajes sucesivos a París (1867 y 1868) y el estallar de la Gloriosa acaban por conformar la amplitud personal de su mirada y consolidar su decisión de quedarse para siempre en Madrid y dedicarse plenamente a la literatura: ardía en curiosidad por vivir en Madrid los efectos de la Revolución −explica en sus Memorias−, y medita una nueva concepción de la novela española. Historia y novela, pues; dos constantes del quehacer galdosiano. Esas dos constantes, entreveradas en el genio creador del novelista, van a determinar el sentido y el alcance de su obra en adelante.

En el plano más inmediato de los hechos literarios en sí, logrará Galdós dar un giro crucial en la novela de su tiempo. En efecto, a lo largo de la primera mitad del siglo XIX español, la novela había ido afirmándose como género preferido de un público cada vez más amplio y más numeroso que buscaba en él distensión y entretenimiento, y también había ido afirmándose como vía de eficacia contrastada para la difusión de las ideas de libertad y progreso que la época demandaba. Y abundante fue en la época el número de estas publicaciones en España (traducciones de textos extranjeros, muchas de ellas). Los temas de asunto social, sentimental o de aventuras dominaban el naciente mercado, que contaba como soporte con la facilidad de las ediciones por entregas y de los folletines en la prensa; también, con el avanzar del siglo, el Romanticismo había hecho llegar a la novela su gusto por los asuntos de evocación histórica. Pero faltaba consistencia y escaseaba la calidad. Respecto a ese panorama literario, en 1865, el joven canario que empezaba a afianzar su voz en el mundo literario de Madrid publicaba lo siguiente:

«En España el movimiento literario no se parece en nada al del vecino imperio. Se publican pocos libros; mas estos libros, aunque pocos, no pueden calificarse de buenos. Las medianías se entronizan y quieren imponer sus producciones al público que las toma por no tener otras mejores. Salvo honrosas excepciones, las obras publicadas no merecen sino el olvido: continúan los autores dramáticos arreglándonos comedias deplorables, engendrando otras insustanciales, sin color ni vida, y persisten los novelistas en su manía de propagar la literatura indigesta en raciones o entregas de a dos cuartos».

Así las cosas, emprendería Galdós la renovación de este panorama con su primera novela, La Fontana de Oro, cuya fecha de aparición, 1871, marca el arranque de la novela realista. A partir de ese momento, y hasta 1915 en que publica su último texto novelístico (casi cincuenta años de escritura), Pérez Galdós fue construyendo una cosmogonía trabada y coherente cuyos más de cien títulos marcarían el desarrollo de la novela española de su época. Porque en los cimientos de ese mundo de ficción y en los pasos de su elaboración, Pérez Galdós, sin olvidar los sedimentos románticos, fue avanzando por los distintos momentos estéticos del realismo español, hasta llegar a la asimilación de las tendencias espiritualistas y simbolistas que marcarán la literatura del final del siglo y que abrirán las transformaciones de la novela del siglo XX hasta hoy.

Es un universo novelístico, el galdosiano, trabado y coherente, en fondo y en formas. Porque Pérez Galdós, inconformista siempre, concatena cada uno de su títulos con el anterior para superarlo filosófica y técnicamente; para acomodarlo a la sucesión de unas estéticas más intuidas que confirmadas, y a las demandas filosófico-existenciales del creador, quien, sin abandonar la fidelidad al arte de la literatura en la línea de Miguel de Cervantes,  siempre se sintió como un testigo, como un intelectual y como un ideólogo que cree en el poder pedagógico-social de la literatura. En los Episodios Nacionales, escudriñará la Historia para explicarla, vertiendo en ellos “lecciones noveladas dedicadas a crear conciencia histórica”; es decir, tendiendo con ellos un puente útil (recordemos los principios filosóficos de la Ilustración) hacia los lectores. En la generalidad de su mundo de novela social, con la nitidez del plano socio-histórico como telón de fondo, metaforiza artísticamente un cuadro completísimo de la realidad española de su época, desde la introspección certera y luminosa en el ser de los individuos sencillos, en el mundo privado pero ejemplar de las gentes que la pueblan en su diversidad honda.

En el plano filosófico, más general y profundo, Galdós logrará con su obra abarcar la totalidad del ser de España en la dimensión de su mirada. No una mirada cualquiera, la del escritor canario; sino una mirada abarcadora, una mirada excéntrica que le permite atisbar en el ser de España desde la profundidad de lo español pero  percibiéndolo desde la distancia, como si fuera extranjero; una mirada implicada moralmente en el alma de España y sus problemas, pero situado a la vez por encima y desde fuera esa realidad...

Todo es fruto de la intuición profunda y certera que reside en la profundidad de los genios. Todo es fruto, también, de la canariedad profunda de Galdós, que define la sustancialidad de su modernidad, tan extraña en otros genios coetáneos. Porque no admite discusión que la sociedad que bulle en las páginas galdosianas es la española en su generalidad, como fuente inagotable. Pero la distancia que ante ella asume el autor y que le permite acapararlo todo desde un punto alto, envolvente, en cierto modo distante y ajeno, proviene de esa su condición periférica, de esa su mirada excéntrica que le permitió otear el conjunto de la historia y la sociedad españolas desde lejos y desde arriba. Ultramarino se define a sí mismo cuando ha de solicitar venia para sus matrículas fuera de plazo en los años universitarios «Mi condición de ultramarino…» −escribía. Así solía denominarse a los residentes en las islas Canarias en aquel momento histórico; pero el marbete es algo más que un pretexto y algo más que una circunstancia.
Es natural. Sigue siéndolo. Somos -inexorablemente- de donde hemos sido formados en el transcu­rrir de nuestra niñez, de nuestra adolescencia y nuestra primera juventud. No hay duda de que somos todos hijos de nues­tras circuns­tan­cias y arrastramos en nuestro hoy la huella de las vivencias y expe­rien­cias del pasado; del pasado inmediato y del que las genera­cio­nes pretéritas han ido posando, sedi­men­tando en el fondo incons­ciente de nosotros mis­mos. Creemos pensar, pensamos actuar; pero piensan y actúan por nosotros costumbres inmemoria­les arque­típi­cas que nos seducen inocentemen­te; extraños dia­bli­llos que diri­gen nuestras reaccio­nes más espontáneas res­pon­diendo a suge­rencias y exhorta­ciones que nos han ido confor­mando, con­tex­tos que nos siguen marcando... Todo ello sin pecar contra nuestra indi­vidualidad, tanto más inesta­ble cuanto más auténtica.

PEREDA- GALDÓS -EL REGIONALISMO.

No podía ser regionalista la mirada galdosiana.

Condescendiente siempre, comprensivo siempre, amplio siempre, don Benito defendió públicamente un regionalismo que nunca cultivó en las palabras laudatorias del discurso a Pereda a propósito de la  recepción del montañés como Académico de la Lengua:

«Error notorio es la suposición de que el ingenio de Pereda se empequeñece encerrándose en su tierra nativa, en la cual se arraiga su vida entera. (…) Las creaciones artísticas necesitan suelo y ambiente. (…) En realidad, todos somos regionalistas, aunque con menor fuerza que Pereda, porque todos trabajamos en algún  rincón, digámoslo así, más o menos espacioso de la tierra española (…) En esto del regionalismo he creído siempre que cada uno debe escribir como piensa, y pensar lo que vive y siente sin cuidarse de los que regatean el sentido nacional a las creaciones que no lleven siquiera un barniz de apariencia metropolitanas. (…) Lo que importa es que el artista sea encontrar la desnudez humana y acierte a ornarla con el colorido local sin que sus bellezas pierdan (…)».

Mucho hay en estas palabras de tributo hacia una amistad profunda. Y la  cuestión va a permitirme ahondar en la canariedad de Galdós antes abordada.

Conocida es la amistad perenne entre Pereda y Galdós y también las disensiones surgidas por diferencias de criterios de índole religiosa; unas disensiones que se extendieron a otro cántabro notable, Marcelino Menéndez y Pelayo. Los dos castellanos admiraron a Galdós y apreciaron a Galdós; pero ninguno de los dos lo entendió (tampoco la mayoría de los autores de su tiempo, los españoles de su época, que fueron, por otra parte sus admiradores y sus amigos). No estaban en condiciones de entender el trasfondo de la personalidad de don Benito; su distancia reflexiva; su permeabilidad aparente.

Don José M. de Pereda y Galdós (algunas veces, también don Marcelino) paseaban asiduamente por Santander. Conversaban distendidamente. Discutían. Sin duda, debió sentirse desconcertado el canario ante aquéllos recios montañeses tan tradicionalistas católicos, tan contrarios a las nuevas ideas filosóficas, al krausismo, al evolucionismo… Él sin embargo…, un convencimiento ideológico absolutamente contrario guardaba en su interior. ¿Aflorarían estas discrepancias en las conversaciones pausadas de Santander? Seguramente. Pero estoy segura de que no discutieron; de que sólo tímidamente osaría don Benito refutar a sus amigos; los escucharía, aspiraría el humo de su cigarro, miraría al cielo reflexionando… (“Galdós se llevaba la palma en el arte del buen anfitrión, pues era el que mejor sabía  escuchar. Don Benito fumaba constantemente, atendía a todos, sonreía y luego añadía: «Bueno»”, explica Benito Madariaga). Don Benito era de muy pocas palabras y de muy arraigadas convicciones; y estaba habituado a escuchar, a mantener una aparente distancia que sólo rompía la pluma convencida o, también, el lápiz afilado de intención y teñido de humorismo. Se trata de una actitud que ha venido a ser tradicional en los isleños, en pueblos como el canario que, más ayer que hoy, parten de esa contingencia en que se apoyan: unas islas, pedazos de tierras que flotan en el mar, siempre a merced de lo que pudiera caer sobre ella, geográfica y políticamente. Estaba  habituado, en efecto, don Benito a escuchar; a reflexionar, antes de plasmar sus propias convicciones con la rotundidad que tenían. No olvidemos tampoco que un ambiente de ultra catolicismo rodeó su infancia y su primera juventud, bien es verdad que más en su casa (se madre, su tío sacerdote) y en el ambiente de la ciudad semidormida, que entre los muros del colegio que lo formó; entre representantes de una burguesía liberal y esperanzada, pero también entre viejos profesores del Seminario Conciliar en quienes la huella de la Ilustración había calado muy hondo. Escucharía don Benito a unos y a otros, empapándose de la suprema enseñanza que se deriva del contraste entre pareceres, de la aparente contradicción entre conductas. Reflexionarían antes de expresarse con rotundidad. Refiriéndose de nuevo a su amigo Pereda, añade en el mismo discurso:

«Más fácil conquistaba él en mí zonas relativamente vastas, que yo en él pulgadas de terreno. Pero estas extensas zonas, justo es decirlo ingenuamente, las volvía a perder en cuanto nos separábamos, y la pulgada de terreno, si por acaso lograba yo ganarla con gran esfuerzo, era recuparada por mi contrario, y a la primera entrevista nos encontrábamos lo mismo, siempre lo mismo: el con sus creencias y yo con mis opiniones. Y empleo con toda intención estos dos términos, para indicar con ellos que Pereda me llevaba la ventaja de no tener dudas… El sabe adonde va, parte de una idea fija. Los que dudamos, mientras él afirma, buscamos la verdad, y sin cesar corremos hacia donde creemos verla, hermosa y fugitiva. Él permanece quieto y confiado, viéndonos pasar…» (Ob. cit., p. 205)

Ideas claras las de Galdós, pues. No eran opiniones las suyas; no eran sólo criterios los suyos, sino convicciones profundas. Las expresaría, sí; pero mediante la literatura, en las páginas de Doña Perfecta, de Gloria, de La familia de León Roch; y, enseguida, en las máximas y los comentarios de Máximo, el amigo Manso. Y lograría, ¡claro!, que se enfadaran con él sus amigos santanderinos: de volterianas y librecultistas calificaría estas publicaciones Pereda; y don Marcelino echaría sobre el canario el peso de su juicio: «el heterodoxo por excelencia, el enemigo implacable y frío del catolicismo». Muy jóvenes eran aún los tres amigos. Galdós, a mitad de la edad entre ambos, tal vez el más discreto, el mas ecuánime, el más transigente; el más reflexivo dentro de su insegura seguridad.

Son cuestiones de formación y cuestiones de carácter. En relación con la contención canaria se halla seguramente la renuencia a los homenajes o intervenciones públicas que es característica del isleño −de algunos− y, en general, la actitud de  circunspecto decoro que suele mostrar al pedir beneplácitos. Menéndez Pelayo observa algo de ello en Pérez Galdós cuando fraguaba el asunto de su ingreso en la Real Academia. Y así declara en carta a don Juan Valera: «…de resultas de cierta modestia desdeñosa y soberbia que hay en el fondo de su carácter, ni da muestras de desear el puesto de Académico; no se mueve, no escribe ni visita a nadie, con lo cual nos deja a sus amigo en mal lugar».

PARA CERRAR

Sigue siendo una asignatura pendiente el estudio sistemático y completo de la literatura del XIX en las islas Canarias; la de romanticismo y la que podemos llamar realista. No poco tiene que ver en ello la realidad del territorio escindido en islas que conforman esa literatura; que se trate de un periodo muy amplio y muy variado cuyo corpus (muy desigual en calidad) no es de acceso fácil acceso: edi­ciones únicas o casi únicas para los menos; las páginas de la prensa para los más. Pero mucho, sin embargo, se ha ido avanzando en la tarea.

Respecto a la primera etapa del siglo, no hay duda de que ha funcionado para el romanti­cis­mo canario, por extensión, el mismo estigma que, hace muchos años, J. L. Alborg señalara para el español: la realidad de una «muy escasa estima» de modo que «la apreciación global es, en sustancia, adversa»: adversa, en efecto, y apriorísticamente, añadimos nosotros para el caso canario. Creemos que el problema radica en aproximarse a un análisis crítico desde perspectivas equivoca­das que no consideran convenientemente las cir­cunstancias que motivan los textos y que deciden los parámetros que los mediatizan. Respecto a los últimos años, más y mejor estudiados, hemos de constatar la ausencia de autores señeros, destacados, que aglutinen en torno a su persona un centro de referencias.

Un caso excepcional es el de Benito Pérez Galdós. Pero la dimensión de Galdós sobrepasa con mucho el entorno de lo canario; y tal vez la excepcionalidad de su genio coartó la posible creatividad de alguno de los compatriotas con quienes siempre se relacionó y que lo tuvieron como indudable maestro.

Especialmente sugerente resulta para nosotros recalcar que, en su discurso textual, Galdós se sitúa en línea de la tradición canaria en dos aspectos fundamentales: la indagación en la historia para acceder a los porqués del presente; y el cultivo literario, tan consustancial en su estilo, del juego retórico de la ironía; ironía que, especialmente acentuada en Galdós, deviene verdade­ro humor: ese doble juego, la más inteli­gente expre­sión de la duda, de la seguridad de la inseguri­dad; esa «expre­sión de la relati­vidad de las cosas humanas; el extraño placer que proviene de la certeza de que no hay certe­za» en palabras de Milan Kunde­ra (p.41). En la significación última de sus textos, el humor de Galdós no sólo logra restar som­bras al cuadro, bromeando precisamente con lo que se considera más serio, sino que consigue incidir en las conse­cuencias reales de los hechos mante­niendo al autor a dis­tan­cia, como espec­ta­dor a la vez comprensivo e indul­gente que escéptico y descon­fiado. Parafraseando a Jorge Rodríguez Padrón (ob. cit) añadiremos ahora, para cerrar, que se observa perfectamente en sus textos que Galdós conocía perfectamente cual era su situación «crucial, fronteriza, entre la seguridad ciega de un mundo que finaliza y la duda perturbadora» que la modernidad esta planteando. Y, desde su distancia de insular,  asume el asunto sin cerrarse en una bando; apostando por un  dialogismo cuestionador que será fundamental en toda su obra y aún en su actitud ante la vida. Ante la seguridad absoluta propone Galdós la perplejidad, la interrogación; el silencio inquisidor o la respuesta a medias interrogativa que suele solucionarse mediante a salida humorística o mediante la doble propuesta irónica: como hizo Cervantes. 



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