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EL VIZCONDE DE BUEN PASO, UN PERSONAJE DE NOVELA

El Vizconde de Buen Paso fue un personaje singular, un aristócrata con una mentalidad más parecida a la del noble ilustrado europeo, aventurero y mujeriego, que a la del clásico aristócrata canario, de misa diaria y doble moral.

Se llamaba Cristóbal del Hoyo-Solórzano y Montemayor, con dos títulos a sus espaldas: uno, Marqués de San Andrés, y otro, Vizconde de Buen Paso. Poseía mayorazgos, vinculaciones y haciendas y fue miembro de cofradías y órdenes militares. Además, era heredero de un gran patrimonio  en Tenerife y La Palma.

Este noble se movió en un ambiente mundano, pues vivió parte de su vida en Madrid y en otras capitales europeas. Aquí, en las Canarias, se movía en un círculo más cerrado, familias todas emparentadas unas con otras, que controlaban todos los cargos civiles y militares de la isla. Sólo se rompía con la llegada de personas que venían a ocupar los cargos de la Capitanía, la Audiencia o el Obispado, y que recaían normalmente en personas del estamento nobiliario de procedencia peninsular. Por otro lado, como resultado de sus innumerables viajes al extranjero, conoció todos los ambientes culturales y sociales de Europa y, por supuesto, Madrid, donde residió muchos años.

En contraste con este medio social rico y lujoso, conoció unas islas con una población campesina, en su mayoría analfabeta, trabajando casi en un régimen de servidumbre y soportando las carencias de una economía dependiente del exterior. Es decir, en el siglo XVIII, Canarias, fiel al modelo colonial-mercantilista, exportaba materias primas agrícolas e importaba productos manufacturados, además de comprar cereales y otros productos indispensables, porque no se autoabastecía.

Por otro lado, el Vizconde se movía en una sociedad no sólo dividida en estamentos altamente diferenciados, con una mentalidad religiosa retrógrada y una práctica religiosa rayana en la superstición y el fanatismo.

El Vizconde tenía por el contrario un talante liberal, era culto, amante de la buena vida y de las mujeres, divertido, con sentido crítico, galante y burlón. Ya en vida gozaba de fama. Buena o mala  según conveniencia de unos o de otros. Muchos lo acusaban de libertino.

Desde luego, al igual que sus congéneres de clase, nunca renunció a sus privilegios, a pesar de que era consciente del estado de postración en que se encontraba la mayoría de la población isleña y la necesidad de un cambio, por lo menos en los aspectos económicos y religiosos. Pero esto fue característico de la nobleza ilustrada, no sólo en Canarias, sino en toda Europa.

Aún así, el Vizconde, a diferencia de otros ilustrados de las islas, se atrevió a criticar la superstición y  la postración cultural de las islas. No sabemos si el Vizconde tenía ideas anticlericales, propio de los ilustrados de la época. No lo parece, pues promueve la construcción de oratorios, ermitas y acepta honores religiosos. Aún así, fue crítico con el estamento clerical y valiente ante las persecuciones a las que fue sometido por los poderes públicos y la Inquisición.

El Vizconde fue encarcelado por el Comandante General, embargados gran parte de sus bienes, recluido en el convento agustino de Las Palmas por la Inquisición y sometido a la renuncia de sus convicciones. Sin embargo, se mantuvo firme y reclamó sus derechos en instancias superiores (Madrid).

Su valía intelectual está fuera de toda duda. No cabe compararlo en este sentido con ilustrados contemporáneos suyos, como Viera y Clavijo, Clavijo y Fajardo o los hermanos Iriarte, pero sus escritos en “Madrid visto por dentro” fueron un ejemplo de crítica sagaz. Su vida y su obra han sido objeto de estudio no sólo por eruditos del Archipiélago, sino por historiadores tan competentes como Domínguez Ortiz.

Veamos sucintamente su vida, más apasionante que su obra. El Vizconde procedía de una familia  entroncada con los primeros conquistadores de la isla de Tenerife. Su padre había nacido en Garachico y ejerció diversos cargos políticos en Indias y otros lugares. Pertenecía a la influyente y poderosa Orden de Calatrava, según algunos herederos de la legendaria orden templaria. Por línea materna procedía de La Palma, de donde era natural su madre, los Sotomayor. En esta isla fue donde nació el Vizconde, en Tazacorte, en el año 1677, cuyo lugar pertenecía casi totalmente a la familia de los Sotomayor. Fue bautizado en la Iglesia de los Remedios, en Los Llanos, y aprendió las primeras letras en Santa Cruz de La Palma, donde la familia también tenía casa.

Su educación juvenil, como todos los de la época, estuvo marcada por la enseñanza escolástica. Ahora bien, el vivir en un puerto como el de Santa Cruz de La Palma, con gran tráfico de barcos extranjeros, y sin la autoridad del padre, ausente, le forjó un espíritu liberal y cosmopolita, abierto a los conocimientos de todo tipo.

Muy joven, como todos los “señoritos” de la época, ingresa en las milicias canarias, aún con residencia en La Palma, donde lleva una vida licenciosa y donde tiene ya problemas con la Inquisición, por haberse burlado de una costumbre religiosa.

Ya en pleno siglo XVIII, con 26 años, llega a Tenerife, donde quiere establecerse para servir mejor en las milicias, bien residiendo en el Puerto de La Orotava o en La Laguna. Sin embargo, pronto embarca para Londres y París, en cuya última ciudad estaba su padre. Aquí tomó contacto con los enciclopedistas franceses, además de verse envuelto en aventuras amorosas, razón por la que tuvo que huir a los Países Bajos. De regreso, reside en el Puerto de La Orotava (hoy Puerto de la Cruz), aunque por supuesto tenía casa y haciendas en Icod y Garachico.

El Vizconde de Buen Paso vivió durante algunos años en el Puerto de la Cruz. Por aquel entonces conocido como Puerto de La Orotava. (FEDAC/Cabildo de Gran Canaria)

En 1714, ya siendo un hombre maduro, vuelve a viajar a Europa, seguramente por motivos económicos, pues trataba de encontrar una solución al comercio de los vinos tinerfeños con la creación de una compañía comercial canaria. Estuvo en Londres y París, donde aún vivía su padre como diplomático del rey.

De vuelta a la Isla, reside en Icod, en la zona de Las Cañas, donde tenía una hacienda. Allí tiene relaciones amorosas con una sobrina que vivía en Garachico, a la que según parece promete matrimonio. Por razones no muy claras, él se niega a casarse y después de un largo proceso, es condenado a permanecer bajo custodia en el Castillo de Paso Alto, en Santa Cruz, por orden del Comandante General. Además, se le embarga parte de sus propiedades para indemnizar a la sobrina despechada.

Después de algún tiempo en Paso Alto, logró fugarse del Castillo y, con la colaboración de familiares y amigos, huye por el Puerto de la Cruz a la isla de Madeira, y desde allí hasta Lisboa, lugar en el que vive algunos años y donde conoce a la que luego sería su esposa. Se casó por poderes, viajó luego a Madrid donde vivió durante 15 años. En la Corte de Madrid vive, según parece, ocupado en crear una compañía de vinos, en hacer vida social cortesana y en recuperar los dineros que había prestado. También lucha por conseguir un beneficio eclesiástico para sus suegros de Lugo. Aquí nació su única hija, cuya madre moriría más tarde, quedando viudo.

El Vizconde, que siempre se siente orgulloso de su condición canaria (hay varios lances que así lo atestiguan), siente nostalgia de su tierra y regresa con su hija ya en edad de casamiento.

De vuelta a Tenerife, reside en el Puerto de la Cruz para pasar luego, en 1755, a La Laguna, donde pone casa cerca de La Catedral (parroquia de Los Remedios). Aquí toma contacto con los “señoritos de la Laguna”, expresión que hace referencia a los ilustrados laguneros, donde asiste regularmente a la tertulia del Marqués de Nava.

En esta cuidad, el Vizconde es otra vez procesado por la Inquisición, que lo acusa de leer libros prohibidos y atentar contra la Fe. El Marqués mantenía una posición religiosa afín a los jansenistas, partidarios de un cristianismo evangélico e íntimo, y no tan de farándula, como el que se practicaba en su tiempo.

Como consecuencia del proceso, el Vizconde es condenado a residir durante dos años en el Convento de San Agustín de Las Palmas, siéndole embargados sus bienes.

Por fin, después de interminables recursos legales, volvió a La Laguna, donde muere a los 81 años de edad.



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